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El proyecto político del Mercado Común

José M. de Areilza

23 de Marzo, 2007

Con frecuencia se dice que la integración económica europea, centrada en torno al proyecto de construir un mercado común, fue posible porque no entraba en el terreno de la política y se limitaba a cuestiones técnicas. Nada más alejado de la realidad. Es cierto que la Comunidad Económica Europea se lanzó después de que la integración de la defensa europea, más abiertamente política, fracasara por un temprano “no” francés. Sin embargo, una explicación tecnocrática del éxito de la CEE no da razón de los importantes efectos de transformación de la vida política europea que ha tenido y sigue teniendo el mercado común.

La CEE fue ante todo un plan de paz y de prosperidad compartida, que afianzó la reconciliación entre Alemania y sus antiguos enemigos más que ningún otro acuerdo internacional. Puso bajo vigilancia tanto el proteccionismo como el nacionalismo de sus componentes. Generalizó el análisis de las políticas europeas y nacionales desde el pensamiento liberal económico, aunque en ocasiones se negasen sus prescripciones, como ha sido el caso de la política agrícola, y todo ello mientras se desarrollaba el Estado del Bienestar y en medio de periódicas crisis políticas por los problemas de ajuste de la Comunidad Europea a su crecimiento continuado de miembros y de tareas. Una vez se comprobó la falta de viabilidad económica del Estado social, la tarea de alcanzar en serio un mercado europeo ofreció a los Estados una salida económica exitosa al final de los años ochenta.

Hoy en día el rebautizado mercado interior es en muchos sentidos un precursor de la globalización y de sus necesarios debates económicos, políticos y sociales. En un escenario de moneda única y bajo presupuesto europeo, el camino de mayor liberalización, competencia y flexibilidad de precios y salarios en la UE está claro, aunque en las instituciones europeas y en muchos Estados miembros falte voluntad política para poner en marcha el necesario programa de reformas.

La revolución política del Mercado Común ha dejado otras huellas muy profundas, además de haber dado alas al pensamiento económico liberal. Ha producido al menos tres mutaciones históricas. En primer lugar, ha permitido transferir importantes competencias estatales a instituciones europeas, hasta el punto que el debate constitucional europeo real en buena medida se centra hoy en día en la necesidad de encontrar límites materiales a la legislación europea. El reto es hacerlo preservando la flexibilidad con la que decide armonizar o regular en nuevos ámbitos y sobre todo mejorando el sistema de rendición de cuentas de los que toman decisiones en Bruselas.

Otra segunda consecuencia de la construcción política del mercado europeo ha sido el paso efectivo a la toma de decisiones por mayoría en el Consejo de Ministros de la CE, una transformación durante muchos años impensable, que permite tomar decisiones con eficacia, así como poco a poco formular una nueva idea de “democracia europea”, sin los fundamentos políticos clásicos de un Estado supranacional. De este modo, en el contexto del mercado europeo todos los gobiernos admiten que por regla general pueden quedar en minoría durante el proceso legislativo europeo, cuyo resultado se convierten en un derecho supremo y aplicable por los jueces nacionales.

La tercera transformación que ha puesto en marcha el mercado europeo ha sido animar un debate permanente sobre los valores que de verdad importan a los nacionales de cada Estado miembro como a los europeos en conjunto. Cualquier excepción nacional al mercado europeo tiene que ser justificada con argumentos políticos, sociales, culturales, que son sometidos al escrutinio político y judicial de la Unión. En el plano comunitario, se plantea este mismo debate sobre los valores que impulsan o limitan la lógica de mercado y, en el fondo, que van formando la identidad colectiva de los europeos. En definitiva, el corazón de la integración europea sigue siendo hoy el Mercado Común, lo cual no supone una negación de la política, sino el mejor contexto para plantear y realizar distintas visiones de Europa.

(Una versión más extensa de este texto ha sido publicada en Expansión el 23 de marzo, 2007)

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