Una verdad incómoda
Isabel Garcés
29 de junio, 2007
En la reciente reunión del G8, el cambio climático fue uno de los principales temas de la agenda propuesta por el país anfitrión, Alemania. A pesar de la reticencia inicial del Presidente Bush, finalmente, el G8 alcanzó un compromiso para reducir de forma “sustancial” las emisiones de gases de efecto invernadero. Angela Merkel, calificó el acuerdo de “gran éxito” pero EEUU ha precisado que el acuerdo es solo “orientativo”.
El objetivo principal de la canciller alemana es establecer un pacto que sustituya al Protocolo de Kyoto.Sin duda, Angela Merkel, antigua Ministra de Medio Ambiente, está dispuesta a ejercer un liderazgo internacional en dicha materia. Durante su Presidencia de la Unión Europea, ha sido la gran impulsora de la política energética europea, proponiendo un plan de energía sostenible, competitiva y segura y una serie de medidas como la utilización de combustibles no fósiles, la reducción las emisiones de carbono en un 20% y el incremento de energías renovables.
Estos mismos días, otro americano ha sido noticia en relación con el cambio climático: Al Gore, ex vicepresidente demócrata, ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional “por su liderazgo en contribuir a sensibilizar a las sociedades y gobiernos de todo el mundo en defensa de esta noble y trascendental causa: la lucha contra el cambio climático”.
El Presidente Bush, sin embargo, carece de conciencia ambiental, no toma en serio las consecuencias del cambio climático y se niega a ajustarse a objetivos numéricos concretos de reducción de emisiones. ¿No será, quizás esta actitud la búsqueda de una ventaja competitiva en materia industrial para EEUU?
No podemos perder de vista, el hecho de que el cuidado del medio ambiente conlleva un coste y que los países (entre ellos los comunitarios) que han asumido la obligación de reducir las emisiones de CO2, imponen a sus industrias unas cargas que no tienen que soportar las industrias americanas. Lo cual, evidentemente, coloca a las industrias de los “países limpios” en una clara desventaja frente a las industrias norteamericanas.
Pero el cambio climático es real y la evidencia científica es unánime y aplastante. El CO2 que emitimos hoy permanece en la atmósfera durante 100 años. Las consecuencias son espeluznantes: ciclones, tornados, el deshielo de los glaciares, la subida del nivel del mar y la desaparición de muchas de nuestras costas y ciudades.
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