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La crisis financiera y el principio del “riesgo moral”

Manuel Portela

19 de Agosto, 2007

La reciente crisis financiera internacional ligada a las hipotecas subprime norteamericanas resultó parir un ratón. Por ahora ha bastado el aviso de que los Bancos Centrales de la OCDE estarían dispuestos a ampliar la disponibilidad crediticia hasta cualquier límite para recuperar la tranquilidad. De repente, el anuncio de que estábamos a la puerta de una recesión se ha desvanecido y aquellos inversores que han vendido sus posiciones habrían perdido dinero por precipitarse. El historial de las crisis financieras que amenazan con contagiarse y extenderse a otras economías es muy abundante y ha crecido más cuanto mayor ha sido el periodo de tiempo en el que se han aplicado políticas monetarias laxas que han reducido al límite los tipos de interés. La clave de esta desaparición de la crisis financiera está en la desgraciada recuperación del principio del “riesgo moral”, que se define como el comportamiento que facilita la benevolencia de los acreedores para con el incumplimiento del deudor sí aquellos cuentan con que siempre habrá un prestamista de última instancia que tendrá que resolver el problema.

Resulta curioso comprobar cómo este prestamista de última instancia que había actuado con eficacia en las pasadas crisis crediticias de Argentina y de Turquía, también actúa con éxito en la presente, a pesar de que todavía no se haya obtenido consenso en la sustitución de Rodrigo Rato al frente del FMI. El hecho de que el FMI, sin director al frente, no resulte ser imprescindible para resolver las crisis financieras internacionales desmontaría la tesis que el G-8 lleva años propugnando, desde la crisis financiera del sudeste asiático de 1998, de la reforma de la “arquitectura económica internacional”, separando las funciones del Banco Mundial, que se centraría en la reducción de la pobreza, de las del FMI, que se dedicaría a la prevención macroeconómica y a coordinar los préstamos de “última instancia” para los gobiernos que lo necesitasen. Ahora resulta que este esquema no ha sido necesario en la medida en que han sido los propios Bancos Centrales los que se han coordinado por su cuenta y han adoptado la postura de arrogarse el papel de prestamistas de última instancia.

Este presunto final del FMI abre una incógnita terrible: si los Bancos Centrales de la OCDE, excesivamente condicionados por los políticos de sus países, podrían coordinar a escala mundial cualquier política económica que aplicase el principio del “riesgo moral” para mantener, a la vez, el equilibrio cambiario, el crecimiento económico y la estabilidad de precios.

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