¿La más alta ocasión que vieron los siglos?
Santiago Martínez Lage
18 de septiembre, 2007
Antes de conocer la sentencia hecha pública ayer por el Tribunal de Primera Instancia de las Comunidades Europeas (TPI), uno se sentía tentado a tomar prestada la hiperbólica calificación que acuñó nuestro príncipe de las letras para la batalla naval en la que perdió su brazo izquierdo, y aplicarla a la batalla legal que viene enfrentando a Microsoft con la Comisión Europea (CE), y que ayer concluyó, al menos por el momento.
Y ello por varias razones. En primer lugar, por los inusuales contingentes de fuerzas empleadas en ambas batallas. Si en Lepanto, según las crónicas, participaron 420 galeras y 66 galeotas, el número de abogados y expertos economistas (incluidos los muchos que trabajaron en el back office) que han participado en la batalla de Luxemburgo en defensa de cada parte, y de las catorce empresas que apoyaron a una y otra, no debe de ser muy distinto.
Anecdóticamente, también en la batalla de Luxemburgo han jugado papeles importantes reputados juristas españoles, tanto en defensa de la Comisión Europea como en el campo contrario y en el propio Tribunal (pero no caeré en la petulancia de compararlos con Juan de Austria, Álvaro de Bazán o Luis de Requesens, aun recordando, que, en todo caso, Cervantes calificó Lepanto de “alta ocasión”, no de hazaña).
Yendo más al fondo de las cosas, quiero destacar que el conflicto entre Microsoft y la CE es mucho más que un conflicto jurídico. No llego al extremo de definirlo como un conflicto dogmático o ideológico. Pero señalo que se trata de dos formas muy distintas de entender el mundo empresarial. En particular, cómo deben actuar las empresas para dar creciente satisfacción a sus clientes y, en consecuencia, obtener mayor beneficio y mayor valor para sus accionistas.
En modo alguno insinúo que la Comisión sea en esta ocasión el Turco, y Microsoft y las empresas que lo han apoyado, la Liga Santa. Podría ser perfectamente al revés. Pero quiero subrayar, como ya he dicho, que no se trata de una controversia jurídica más, sino de la confrontación entre dos formas de entender cómo debe conducirse la competencia entre las empresas para que el mercado funcione de la manera más eficiente y los consumidores obtengan el mayor bienestar en forma de mejores y más variados bienes y servicios a los precios más baratos posibles.
Es bien sabido que la CE reprochaba a Microsoft, considerando que estaba en posición de dominio, dos conductas: (i) no haber facilitado a sus competidores determinada información tecnológica que les permitiera crear productos capaces de interactuar con su sistema operativo para servidores, y (ii) haber introducido gratuitamente en su programa Windows una función que permite descargar y reproducir imágenes y sonidos (el Windows Media Player).
‘Principios Windows’
Además de imponerle una multa de más de 497 millones de euros (ésta, sin duda, sí, “la más alta que vieron los siglos”), obligaba a Microsoft a someterse a la intervención de un fiduciario nombrado por la CE, y pagado por Microsoft, dotado de amplísimos poderes para controlar la forma en la que Microsoft cumplía la decisión de la Comisión.
Microsoft, pese a haber puesto en práctica lo que la decisión de la CE le imponía, y habiendo hecho públicos el año pasado los principios Windows, que tratan de adaptar su conducta comercial a los requerimientos de las autoridades de la competencia estadounidenses y europeas, considera, sin embargo, que la decisión de la CE tendría como consecuencia forzar artificialmente la forma en la que el mercado funciona, imponiendo gravosos hándicaps a los líderes del mercado, en perjuicio de los consumidores.
La sentencia hecha pública ayer por el TPI, actuando en Gran Sala (compuesta por trece jueces, de nuevo cifras lepantinas), es, en mi opinión, decepcionante, aunque dé la razón a Microsoft en cuanto a la ilegalidad del nombramiento de un fiduciario con poderes extraordinarios para auditar a la compañía. Mi principal punto de desacuerdo se refiere a la confirmación de la obligación de Microsoft de comercializar un programa Windows desprovisto de la función reproductora de audio y vídeo.
Es decir, un producto empobrecido, cuyo negativo nombre (Windows XP-N) lo delata y para el cual no hay verdadera demanda ni por parte de los fabricantes de equipos, ni mucho menos de los usuarios. Como afirmaba Microsoft en sus escritos, muy gráficamente, hay demanda para zapatos con cordones y hay demanda para cordones, pero no hay demanda para zapatos sin cordones.
(Olvídense, por favor, de las playeras que llevaron este verano sus hijos). La confirmación de esta postura de la Comisión creo que plantea serios problemas para el desarrollo de las empresas líderes del mercado. ¿Tendrán que dejar de mejorar sus productos con nuevas aplicaciones y funciones si hay un posible suministrador de estos últimos que se queja? Diríase que la CE, hoy con el respaldo del TPI, trata de consagrar determinadas estructuras de mercado que, por sí solas, carentes de eficiencia, no sobrevivirían.
Volvamos a nuestra inicial evocación cervantina con una constatación final: la batalla de Lepanto se libró en un solo día (el 7 de octubre de 1571). La de Bruselas/Luxemburgo se inició hace nueve años y sólo la vista del caso duró cinco días, también algo sin precedente. Esta excesiva duración impone una incertidumbre de dimensiones difícilmente tolerables para cualquier actividad empresarial, y más para los sectores de rápida evolución. Pero seamos honrados y sinceros: esos retrasos no son sólo imputables a la burocracia administrativa –en este caso, lamentablemente lenta– y judicial.
Vienen exigidos, también, por los legítimos derechos de defensa que invocamos las partes. Algún coste ha de tener la solución pacífica y justa de los conflictos sobre la violencia y la guerra. Conocida la sentencia, tendremos que recurrir a otra cita clásica, de Horacio, en este caso: el parto de los montes (parturient montes, nascetur ridiculus mus): parieron las montañas y nació un ridículo ratón.
Por cierto, no se admiren ustedes de mi erudición. Hoy todo está en la red y cualquiera lo encuentra con Google. (Somos “eruditos a la Google,” lo que en el siglo pasado se llamaba “a la violeta”). En cuanto a Google, visto lo visto, que vaya poniendo sus barbas a remojar.
(publicado en Expansión, 18 de septiembre 2007)
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