¿Levantará Europa la vista?
Mark Leonard y J. Ignacio Torreblanca
18 de Octubre, 2007
Diez años de fallidas reformas institucionales han dejado a la Unión Europea exhausta. Primero en Ámsterdam (1997) y luego en Niza (2000), los líderes europeos se mostraron incapaces de acordar las reformas que hubieran permitido a la UE funcionar efectivamente con veintisiete miembros y hablar con una sola voz en el mundo. Y cuando finalmente lograron un acuerdo, nada menos que nueve gobiernos fracasaron a la hora de ratificar el Tratado Constitucional (2004) que contenía dichas reformas. De esta manera, a la dramática división en política exterior a la que asistimos con motivo de la guerra de Irak, los líderes europeos sumaron una no menos aguda división en torno a las reformas internas.
La ironía de lo acaecido a Europa es desoladora: precisamente cuando la UE cosechaba dos éxitos sin parangón histórico (la unión monetaria y la ampliación), los gobernantes europeos renunciaban a liderar la opinión pública, dejando que la introspección y el oportunismo dominaran el debate político. Como resultado, donde la UE debería haber concitado entusiasmo, sólo obtuvo la hostilidad de unos y la indiferencia de otros. Pero mientras Europa dormía, el mundo continuaba girando: Irán obcecadamente se aproximaba a su objetivo nuclear, Oriente Medio e Irak ahondaban en su descomposición, China se expandía por todo el globo en búsqueda de recursos energéticos, Rusia se sentía cada vez más cómoda y desafiante y Estados Unidos continuaba negándose a someterse al multilateralismo en cuya creación tanto había tenido que ver.
Ahora, dos años y medio después de los fallidos referendos en Francia y los Países Bajos, los gobiernos nacionales parecen estar a punto de salir del marasmo. A pesar de su absurdo nombre (“Tratado de Reforma”), el nuevo texto debería permitir a la nave europea tomar de nuevo su rumbo. A ello le ayudará sin duda el que en lo sustancial dicho Tratado sea idéntico a la vieja y fallida Constitución Europea: afortunadamente, aunque el edificio legal haya tenido que pagar un gran precio en lo relativo a sus aspectos estéticos y simbólicos, su arquitectura es básicamente la misma.
Ciertamente, gracias a la perseverancia de los británicos, el texto será diferente para el Reino Unido. Una vez más, mediante el eficaz método de las “líneas rojas”, el gobierno británico ha conseguido un gran número de exenciones y derogaciones. Brown y compañía seguramente celebrarán el éxito de esta nueva maniobra, pero muchos continuaremos lamentando que Londres haya decidido ahondar en su condición de socio excéntrico, automarginado y sempiternamente dubitativo acerca de su compromiso europeo. La pena es que mientras el Reino Unido se consume en un debate absurdo sobre el referéndum (pues a estas alturas, una consulta popular sólo podría versar sobre la retirada definitiva de la Unión), se deja pasar una preciosa oportunidad de hacer ver a ambos lados del Canal que la Unión Europea necesita tanto al Reino Unido para ser un actor global como el Reino Unido a la Unión Europea.
Salvo que el nacionalismo rancio y estrecho del gobierno polaco nos depare una sorpresa de última hora, la Unión Europea se dispone a dotarse de un importante instrumento para la gobernanza, tanto interna como global. Las disposiciones del Tratado de Reforma mejorarán sustancialmente la capacidad de actuar de la UE. Un gran número de decisiones se adoptarán por mayoría de los Estados miembros, en lugar de unanimidad, y el Parlamento Europeo tendrá un papel muy importante como colegislador. Lamentablemente, estas medidas cerrarán sólo parcialmente el déficit democrático de la UE, cuyas razones son muchas y muy variadas, por lo que los gobiernos nacionales harían mal en olvidar que su capacidad de conectar con la ciudadanía europea es todavía una gran asignatura pendiente. Por otra parte, dado que los gobiernos nacionales han olvidado (una vez más) diseñar un Plan B para el caso de que algo saliera mal durante el proceso de ratificación, convendría no echar las campanas al vuelo con excesiva anticipación.
Si el nuevo Tratado mejorará significativamente en algún campo la capacidad de actuación de la UE, será en lo relativo a la política exterior. La UE es ya la primera economía del mundo, el tercer bloque más poblado y representa un quinto del comercio mundial. Con 55.000 tropas desplegadas en misiones de paz y 47 millardos de euros de presupuesto de ayuda al desarrollo, su compromiso con un mundo más seguro y más equitativo es algo más que retórico. Sin embargo, pese a sus impresionantes capacidades, la UE a menudo parece impotente ante los desafíos de China, Rusia o Irán. Aquí es donde, al menos sobre el papel, el nuevo Tratado podría ayudar a la UE a tener una voz más audible, coordinada y efectiva. El nuevo ministro de asuntos exteriores europeo (aunque su nombre haya sido oscurecido como parte del acuerdo final) tendrá todo el apoyo de los Estados miembros, pero además se sentará en la Comisión Europea, lo que le permitirá acceder al presupuesto comunitario y sacar el máximo provecho de las 125 delegaciones que la Comisión Europea tiene por todo el mundo.
Sin embargo, todos estos nuevos instrumentos y capacidades, por novedosos e importantes que sean, no servirán de nada si los gobiernos europeos no actúan en consecuencia. Durante décadas, los europeos han considerado con injustificado optimismo que el tiempo jugaba a su favor, que el tipo de orden que la UE representa, basado en el imperio de la ley, los principios democráticos y las sociedades abiertas terminaría por imponerse por si sólo. Pero la realidad es que son otras las fuerzas que están configurando el mundo, y no precisamente en una dirección coincidente con nuestros valores y principios. Es por ello imperioso que Europa abandone de una vez la introspección, levante la vista y haga valer de verdad su compromiso y voluntad de lograr un mundo más justo, más libre y más próspero.
Mark Leonard es director ejecutivo y José Ignacio Torreblanca director de la Oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations (ECFR). www.ecfr.eu
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