Las elecciones de Serbia: la excusa de Kosovo
Borja Lasheras,
9 de mayo, 2008
Las elecciones serbias del domingo, las cuartas legislativas tras la caída de Milosevic, plantean la vuelta al aislamiento de la Serbia más nacionalista (y su acercamiento a Rusia), si ganan los ultranacionalistas del Partido Radical Serbio, liderado por Tomislav Nikolic. Si, por el contrario, vence (y consigue gobernar) la Coalición Por una Serbia Europea, que engloba entre otros el Partido Democrático del actual Presidente Boris Tadic y el G17+, las expectativas de aproximación de Serbia a la fraternidad europea se mantendrán, a pesar de la crisis de Kosovo.
Kosovo, reconocido por casi todos los Estados miembros de la UE, juega un factor importante. Los desacuerdos dentro del anterior gobierno sobre cómo actuar frente al nuevo Estado y frente a una UE percibida como su impulsora, eran demasiado profundos y se hicieron patentes en las reacciones oficiales tras los violentos disturbios en Belgrado y el norte de Kosovo, que algunos ministros justificaron no muy sutilmente. La caída del gabinete en marzo ponía así fin a la cada vez más imposible coalición entre los nacionalistas del Partido Democrático de Serbia/Nueva Serbia del primer ministro Vojislav Kostunica -quien, recordemos, no apoyó a Tadic en las pasadas presidenciales frente a Nikolic- y los miembros del bloque pro-occidental.
Sin embargo, es erróneo desligar esta situación inmediata del contexto interno de Serbia de los últimos años –y, por ende, del legado balcánico. Lo cierto es que el nacionalismo ha mantenido su asfixiante yugo sobre la sociedad y política serbias, en un clima de corrupción, crimen organizado y ocasionales asesinatos políticos. ¿Qué fue del entusiasmo que parecía invadir el país en las manifestaciones que derribaron a Milosevic, en la “revolución Bulldozer” de octubre de 2000? Aquella Oposición Democrática de Serbia, una vez en el poder, se deshizo fruto de los desencuentros entre Kostunica y el entonces primer ministro, Zoran Djindjic -reformista que entregó a Milosevic a la Haya y fue asesinado en 2003.
Desde entonces, es un hecho que los sucesivos gobiernos han sido inestables, los Radicales el partido más votado en las últimas elecciones parlamentarias, rozando dos veces la presidencia, y que en la Asamblea disuelta los nacionalistas tenían casi el 60% de los escaños –y, con ello, las riendas de la agenda política del gobierno. Las elecciones se van a celebrar en un ambiente insano de retórica incendiaria, donde se llama traición al disenso, en un país que aún se siente atacado. Las amenazas de muerte a Tadic por haber “vendido” Kosovo o los ataques a medios independientes como la cadena B92, se unen al rechazo a la élite política en un contexto económico incierto. Podría ganar un partido, cuyo fundador, Vojislav Seselj, está en la Haya por crímenes de guerra. Déjà vu.
¿Qué podía hacer la Unión Europea en un contexto tan desfavorable? Optar por una política de principios, siendo firme en la exigencia a Serbia de una mayor cooperación con el Tribunal de la Haya, o por el pragmatismo. Al final ha prevalecido esta última vía, de modo que las decisiones fundamentales sobre el Acuerdo de Estabilización y Asociación (AEA) con Serbia se han tomado al albur de su contexto interno. La premisa implícita era la siguiente: si se firmaba el AEA a tiempo (y se ha hecho a menos de dos semanas de las elecciones), los serbios se irían olvidando de Kosovo. ¿Frívola realpolitik o ingenuo buenismo? Sea lo que sea, el resultado de la estrategia está por ver. Algunos think-tanks como el Crisis Group tachan esta política de contraproducente, si bien hay sondeos que muestran al bloque pro-europeo pisando los talones a los Radicales.
Los nacionalistas, en fin, no se han olvidado de Kosovo -donde Serbia va a celebrar elecciones locales en contra de la voluntad de la ONU- y ya han hecho del AEA (el “acuerdo Solana”) su caballo de batalla contra Tadic y la UE: o el Acuerdo reconoce la soberanía serbia sobre Kosovo o nada. Hoy viernes 9 sólo lo han firmado los miembros del PD y G17+ del gobierno en funciones. No parece tampoco que los criminales Karadzic y Mladic vayan a ir a la Haya de momento.
Así, las opciones de gobierno tras el día 11 no son muy ilusionantes. Salvo sorpresas, o los Radicales en coalición con los nacionalistas de Kostunica (más cercano a aquéllos), o los demócratas de Tadic obligados a ir de la mano de socios nacionalistas. En cualquier caso, la esquizofrenia de parte de la clase política continuará, recurriendo al victimismo frente a promesas de una mejor gobernanza de Serbia. Promesas reales como el AEA, las llaves de Europa, la Europa que ya disfrutan ex-repúblicas de la antigua Yugoslavia como Eslovenia, en la presidencia de la UE, y vislumbran otras como Croacia.
Kosovo, por tanto, es una excusa más -ciertamente útil. Otra representación de los mitos nacionalistas, la victoria en la derrota. Los violentos actos de febrero simbolizan el absurdo de la destrucción material del país real en pos de la salvación del pueblo imaginario. Y eso es una tendencia sociológica humana, no exclusiva de Serbia. Una tentación más o menos contenida por consensos básicos en un marco institucional liberal, que a veces falla.
La Europa moderna del siglo XXI, no obstante sus dudas, representa la progresiva superación de estos mitos y fantasmas. Y es precisamente Europa la que se pone a prueba en unos comicios que la enfrentan consigo misma, con su pasado reciente. Este domingo el dilema consistirá en confiar en políticos imperfectos, como se ve obligado a hacer el ciudadadano europeo medio (aquí, o en Italia). O en políticos populistas, a veces simpáticos, que nos dicen que el error de Milosevic fue no haber llegado hasta el final en la guerra. De estos últimos y de finales, me temo, en Europa hemos tenido históricamente demasiados. Y Serbia más que nadie.
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Totalmente de acuerdo. Existen varias maneras de tratar el pasado, ninguna fácil, cada país ha adoptado sus propios modelos: Alemania y su desnazificación es un caso, Sudáfrica es otro, España representa quizá otro extremo, más conciliador, pero lo que no se puede permitir es la reivindicación del pasado, como están haciendo los radicales serbios. Una sociedad que no sea capaz de mirar hacia el pasado no será capaz de mirar al futuro. Afortunadamente los resultados en las elecciones han sido mejores de lo esperado, pero eso no oculta la preocupación por el hecho de que un porcentaje importantísimo de la población serbia siga enferma de hiper-nacionalismo agresivo. Europa debe apoyar a Tadic con todos los medios a su alcance para que, poco a poco, la gente vaya dejando atrás el odio y la sinrazón y asuman la responsabilidad, siquiera moral, por la espiral de odio y violencia que el nacionalismo serbio puso en marcha hace veinte años.
Comment by Jose Ignacio Torreblanca — May 13, 2008 @ 11:17 am