EEUU-Europa, un nuevo comienzo
José M. de Areilza
6 de noviembre, 2008
La elección de Barack Obama como presidente de EEUU puede ser un momento definitorio no sólo para su país sino para la proyección internacional de la Unión Europea y sus Estados miembros. La figura transformadora del elegido, por utilizar una expresión de Colin Powell, va a producir de modo inmediato dos efectos sobre la desdibujada relación entre Europa y EEUU.
Por un lado, de un plumazo se dejan atrás ocho años difíciles de tensiones y divisiones, especialmente en el plano político y militar; a cambio, la interdependencia económica en la comunidad transatlántica no ha parado de crecer, como la propia crisis financiera demuestra. La nueva Casa Blanca ya no clasificará a los europeos en nuevos y viejos y algunos europeos no tendrán razón alguna para definirse contra EEUU.
De golpe, los difusores del anti-americanismo han pasado de moda y al menos durante unos meses no escucharemos un coro de políticos europeos que dan lecciones a EEUU sobre cómo hacer las cosas mejor desde una superioridad moral incontestable y sin ser capaces de ponerse ellos a hacerlas.
Como explican los mejores comentaristas estamos ante el mayor éxito de relaciones públicas de la historia de Estados Unidos y el mejor ejemplo de recuperación instantánea de legitimidad o “poder blando” por un país hegemónico nunca visto. Barack Obama simboliza una generación nueva, un nuevo estilo de hacer política, más basado en relatos y emociones que en ideologías y partidos y también encarna una aspiración a la ciudadanía global.
Su elección no sólo derriba barreras raciales, sino que vuelve a hacer atractivo en su país y en todo el mundo el sueño americano, algo diametralmente opuesto a lo que ha proyectado el Gobierno Bush durante ocho años.
Es cierto que el nuevo presidente despierta tales expectativas en nuestro continente que con seguridad no podrá cumplirlas; en primer lugar porque en muchos ámbitos de política exterior y de seguridad continuará las grandes líneas de la política norteamericana desde la caída del muro de Berlín, que mira de modo preferente al Pacífico y presta cada vez menos atención a una Europa menos relevante en la reconfiguración del poder mundial. Pero con la elección de Barack Obama, la noción de Occidente empieza a ser más atractiva y no sólo a ambas orillas del Atlántico.
El segundo efecto de esta elección sobre las relaciones entre EEUU y Europa es la aparición de una ventana de oportunidad durante unos meses, un año a lo sumo, para que los europeos decidamos ser actores globales junto a nuestro socio norteamericano, un verdadero desafío a la capacidad de los líderes europeos y a las instituciones de la UE.
Si hay voluntad política, los europeos podemos hacer avanzar con los medios existentes la acción económica exterior europea y la política exterior y de seguridad, a pesar de que el Tratado de Lisboa, que contiene mejoras sustantivas en éste área concreta, no haya entrado en vigor.
Fase decisiva
La urgencia es real: la relación transatlántica va a entrar enseguida en una fase decisiva, en la que los europeos debemos ser capaces de actuar unidos y ofrecer una agenda de cooperación intensa con EEUU en un buen número de asuntos de interés común, si queremos contar en el nuevo mapa del mundo que se adivina con la emergencia de nuevas potencias y nuevos desafíos globales.
Barack Obama, a diferencia de John McCain, no pertenece a la generación que se formó en la guerra fría, no tiene lazos fuertes personales con Europa y no tiene un conocimiento profundo de las relaciones internacionales, a diferencia de su compañero de ticket, Joe Biden.
Pero en el último año y medio el presidente electo ha madurado como político y se ha movido claramente hacia el centro. Este proceso le ha llevado a afirmar mucho más los intereses de EEUU en el mundo y a mostrar mucha más determinación en asuntos de seguridad y defensa. Su visión de Europa será muy pragmática, al margen de una simbología necesaria de reconciliación y una mejora fundamental en las formas a la hora de relacionarse y comunicarse con los países europeos y con la Unión.
Ante todo, Barack Obama hereda un país metido en dos guerras de resultado incierto, una relación difícil con Rusia y con Irán, una economía en recesión y una crisis financiera sin precedentes. Cuenta con un poder legislativo dominado por los demócratas –los cuales tenderán más a la indisciplina que si hubiese mayoría republicana en las cámaras– y con una opinión pública preocupada por la economía pero dispuesta a concederle un tiempo de gracia.
Además, todos los indicios indican que parece dispuesto a rodearse de las mejores cabezas del país, a semejanza de los eggheads que rodearon a John F. Kennedy. Barack Obama incluso puede que reclute a los mejores asesores y colaboradores con una orientación más suprapartidista.
De sus socios europeos, igualmente golpeados por la crisis económica y financiera, el futuro presidente buscará una doble contribución inmediata, en la reforma del sistema financiero mundial y en la guerra de Afganistán.
Las normas e instituciones que regulan y supervisan los mercados de capitales necesitan una renovación profunda y nadie sabe con certeza cómo debe ser el nuevo modelo. No obstante, hay acuerdo en la necesidad de pensarlo de forma conjunta y con una óptica aún más global que la que había hasta ahora.
En relación con Afganistán, durante la campaña, Obama ha dejado claro que la victoria en este conflicto es prioritaria y por ello pedirá a algunos Estados europeos una contribución mayor o más eficaz, algo que sin duda planteará un dilema al gobierno español.
En este terreno de la seguridad, Estados Unidos en realidad seguirá tratando uno a uno con cada país europeo para formar coaliciones ad hoc, aunque la OTAN mantenga su alto valor simbólico y siga funcionando como un foro de discusión y planeamiento conjunto.
A los europeos nos corresponde ampliar esta agenda de seguridad que desde hace décadas domina las conversaciones entre ambas orillas del Atlántico e incluir propuestas concretas por ejemplo para hacer avanzar la ronda de Doha –es previsible que el discurso proteccionista de Obama en la campaña se atempere mucho ahora– o para luchar juntos contra los efectos del cambio climático. No se trata sólo de fomentar la cooperación a nivel político.
Entre ambas orillas del Atlántico -y soy testigo a diario de ello- se han formado multitud de redes y comunidades de expertos que trabajan de forma muy competitiva en la solución de los problemas que afrontan las personas, las empresas o las instituciones, a través de la investigación y la diseminación y el desarrollo de mejores prácticas.
La renovación de la presidencia de EEUU, en definitiva, pone a los europeos ante sus responsabilidades globales. El reto es preparar unidos una agenda transatlántica en la que trabajar con el presidente Obama a partir de enero. Europa tiene que proponer, persuadir y ser capaz de actuar junto con su socio norteamericano, y con realismo y dosis de autocrítica ofrecer al mundo las mejores contribuciones de su espíritu.
Publicado en Expansión, 6 de noviembre, 2008
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