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Bolonia y el espíritu universitario europeo

Jose M. de Areilza

25 de Marzo, 2009

No existe un nombre mejor que el de Bolonia para dar nombre al pacto europeo sobre Educación superior. En esta ciudad del Norte de Italia se inventó en 1088 la primera ‘universidad’, una corporación de profesores y estudiantes que con inusitada modernidad reivindicó su independencia frente a los poderes establecidos.

El origen de la iniciativa fueron las demandas de los propios alumnos que deambulaban por Europa ávidos de aprender además del Derecho canónico y la teología saberes novedosos como la literatura, el Derecho civil o la filosofía. Ellos se fueron agrupando en las incipientes urbes donde se podía encontrar a los pocos maestros disponibles fuera del ámbito eclesiástico y de las cortes reales y seleccionaron a los profesores y las materias.

Rompieron así con la ortodoxia, primero de los monasterios benedictinos y posteriormente de las escuelas catedralicias que habían surgido en ciudades como Lieja, Tours o Reims. Fue la ambición de los propios alumnos la que hizo nacer la Universidad de Bolonia en Italia y a continuación la de París en Francia. Ambas entidades se convirtieron en dos ejemplos de una nueva forma de organización a partir de comunidades de estudiantes, y sobre todo dieron vida al espíritu universitario, algo tan europeo como la vida urbana.

Siete siglos después en Prusia, Wilhelm von Humboldt, diplomático, lingüista y filósofo, renovó este espíritu y transformó la universidad tradicional en una organización orientada a la investigación, la ciencia y la educación de ciudadanos ilustrados. Su país trataba de recuperarse de la experiencia humillante de derrota y ocupación por las tropas francesas de Napoleón mediante un plan de reformas inspiradas por las mejores cabezas de su tiempo como Schiller o Goethe. Con la fundación de la Universidad de Berlín en 1810 von Humboldt, entonces ministro de Educación, inventó la especialización, los departamentos y las facultades, con el fin de asegurar la libertad docente e investigadora y lograr la alta cualificación del alumno. El modelo de universidad humboldtiana fue copiado con gran éxito en Estados Unidos, que sólo había tenido experiencias de ‘colleges’ de inspiración inglesa y sin excesiva ambición intelectual. Los pioneros fueron los rectores de Chicago y de Harvard. Con la generosa financiación de mecenas privados, varias docenas de universidades del máximo nivel florecieron a final del siglo XIX en este país y facilitaron su ascenso a la condición de gran potencia tras la Primera Guerra Mundial.

El proceso puesto en marcha por el Acuerdo de Bolonia en 1999 enlaza con la historia más atractiva de Europa, una esquina del planeta que a pesar de crisis y de guerras ha sido muy innovadora en la generación y transmisión de conocimiento. La universidad europea debe aprovechar esta oportunidad de reinventarse una vez más, para poder competir mejor con las más destacadas y pujantes universidades americanas y asiáticas. No se trata sólo de modificar los planes de estudio -a veces, son cambios para que nada cambie-, sino de adoptar una nueva mentalidad, como ocurrió en el norte de Italia en el siglo XI o en Prusia a comienzos del XIX. La mayor parte de los asuntos de los que depende nuestro futuro necesitan ser gestionados en todo o en parte fuera de las fronteras de los Estados -energía, regulación financiera, comercio, seguridad, inmigración, cambio climático, por citar sólo algunos-. Bolonia nos permite avanzar hacia el objetivo de lograr una educación superior menos introvertida, en la que profesores y alumnos de todo el mundo piensen juntos sobre soluciones globales a problemas globales, a través de las mejores técnicas de aprendizaje y de una investigación más exigente.

Este acuerdo supone además la renovación del ideal europeo de construir una Unión cada vez más estrecha. En el fondo, responde a una idea atribuida a Jean Monnet, el padre de la integración, “si tuviese que volver a lanzar el proceso, lo haría empezando por la cultura”. De modo parecido a lo que ha ocurrido con otras metas europeístas como el mercado interior, la moneda única, o la cohesión económica y social a través de los fondos europeos, Bolonia es una palanca que permite poner en marcha un proceso de mejora y reforma dentro de los Estados miembros. El empuje y la capacidad de mirar más allá de los primeros doctores de Bolonia y de Wilhelm von Humboldt pueden inspirarnos en este intento tan necesario de renovar el espíritu universitario europeo.

(Publicado en El Comercio, 21 de marzo, 2009)

Comments (1) 9:58 am |

1 Comment »

  1. “Rompieron con la ortodoxia”, algo que no han sabido hacer los políticos de hoy, plegándose a la ortodoxia neoliberal e imponiendo de arriba a abajo un sistema de estudios completamente alejado de la realidad, como puede constatar cualquiera que se asome a una facultad de filosofía y letras. Han optado por ahcerlo igual para todos en lugar de profundizar en las peculiaridades de cada estudio y de cada lugar. Yo creo que los políticos son vagos por naturaleza y por eso les cuesta plantearse los problemas en serio.

    Comment by Juan — February 15, 2010 @ 12:23 pm

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