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Obama va de feria

J.  Ignacio  Torreblanca

1 de abril,  2009

En julio del año pasado, el senador Obama se dio un baño de masas ante más de 200.000 berlineses que le aclamaron como a una estrella de rock. Desde entonces, una enorme crisis financiera se ha llevado por delante millones de empleos y situado su presidencia bajo una responsabilidad asfixiante. En política, las victorias son tan dulces como efímeras y la realidad tan tozuda como amarga: una noche de celebración, cuatro años de desvelos.
En Europa todos quieren una foto con el presidente. Pero a él no le interesan 27 fotos, sino un socio fiable.

Obama viene a Europa esta semana, ahora como presidente, para participar en una serie de cumbres cruciales para dilucidar hasta dónde está Europa dispuesta a acompañar a Washington en esta nueva etapa. Esta vez, el baño se lo dará en la complicada sopa de letras y países que forman el G-20, la OTAN y la UE. Todos quieren hacerse la foto con Obama, así que la competencia va a ser feroz. Brown hará de anfitrión en Londres, desesperado por volver a situar en el mapa un país que solía ser un centro financiero pero cuya banca privada ha dejado de existir. Sarkozy quiere pasearlo por las playas de Normandía y así cobrarse una vuelta a la estructura militar de la OTAN que ha sacudido los cimientos de la identidad nacional francesa. Y mientras, Zapatero quiere llevárselo a Turquía para que, a costa de dejar claro al mundo musulmán que la era Bush ha acabado, apadrine la Alianza de Civilizaciones de la mano del primer ministro turco, el islamista Erdogan.

Ciertamente, las cosas han cambiado mucho en los últimos meses. Nunca hubiéramos imaginado, por ejemplo, que Estados Unidos iba a exigir a los europeos que elevaran su gasto público. Y, menos aún, que éstos se resistieran a endeudarse más aún. Tampoco que Francia fuera a mandar a De Gaulle al trastero. Hay pues motivos para esperar un cambio fundamental en las relaciones transatlánticas.

Pero tampoco conviene exagerar. Los dos mandatos de Bush han sido tan nocivos que hemos olvidado nuestro pasado más reciente. Europa echó a perder ocho años de un presidente como Clinton, cuya Administración era sumamente pro europea. Además, entonces no había una China compitiendo por la atención de Washington, Rusia estaba en una actitud completamente distinta hacia Europa y la Unión Europea, exultante tras la reunificación, sólo tenía 12 miembros. Y aun así, “la hora de Europa”, como se reclamó entonces, se estrelló contra el muro de la guerra civil en Yugoslavia, donde año tras año los europeos fueron incapaces de parar la carnicería, hasta que Clinton decidió intervenir militarmente y forzar a Belgrado a un acuerdo de paz.

Hay razones, pues, para ser prudente. Como se ha confirmado con la ocurrencia checa de provocar una crisis de gobierno en mitad de una presidencia europea, los europeos tenemos una fantástica capacidad de dejar pasar oportunidades clave. Hoy, además, a diferencia de los noventa, Europa tiene 27 miembros con visiones e intereses cada vez más difíciles de reconciliar entre sí, un tratado puesto en el congelador, primero por los votantes franceses y holandeses y luego por los irlandeses, y finalmente, una profunda división en torno a las recetas para salir de la crisis.

Desde Estados Unidos, Europa se ve como un problema solucionado, y de forma muy satisfactoria. Toca ahora ver si Europa quiere ser parte de la solución de otros problemas o simplemente conformarse con un papel secundario. Los europeos deben tomar conciencia de que su política exterior tiene que ser algo más que un vaivén entre la crítica permanente o el seguidismo incondicional de la política exterior estadounidense. Estados Unidos y Europa comparten muchas cosas, seguramente más que nadie en el mundo, pero eso no significa que no tengan o deban tener diferencias. La fortaleza de nuestra política exterior no debe pues medirse por nuestro grado de acuerdo interno o división respecto a lo que Estados Unidos hace en el mundo (desde Irak o Afganistán hasta el escudo antimisiles) sino por la capacidad de hacer valer nuestros principios e intereses y respaldarlos con nuestro poder económico y, por qué no, militar.

Existe una evidente tentación de que esta semana se convierta en una enorme feria de las vanidades nacionales. Pero Estados Unidos no está interesado en tener 27 fotos en el escritorio, sino un socio fiable y capaz. Europa es importante para Estados Unidos, pero en último extremo prescindible a la hora de lograr un acuerdo con China, o incluso con Rusia y, por supuesto, con otros actores globales emergentes como Brasil o India. Todos estamos convencidos de que el mundo del siglo XXI será multipolar: lo que no tenemos tan claro es si en ese mundo multipolar habrá un polo europeo.

Publicado en “El País” el 30 de marzo, 2009

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