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Obama y la diferencia norteamericana

Jose M. de Areilza

1 de octubre, 2009

En cuestiones de salud pública, Estados Unidos es algo diferente del resto de Occidente. Es cierto que sus problemas son similares a los de los países europeos en lo que se refiere al elevado volumen de gasto sanitario y al descontrol del mismo. Asimismo, en tecnología, investigación y avances continuos en la lucha contra distintas enfermedades sus resultados también son equiparables, cuando no mayores que los nuestros. Sin embargo, tiene un sistema muy caro para las arcas públicas que no ofrece prestaciones suficientes: casi 45 millones de ciudadanos carecen de seguro médico, muchos de ellos a pesar de que intentan tenerlo. Estos ciudadanos sufrientes sólo reciben asistencia sanitaria a partir de los 65 años o en situaciones de auténtica emergencia, a pesar del descomunal peso del gasto sanitario en los presupuestos públicos y de que sería mucho más barato atenderlos a través de un sistema de medicina preventiva.

Durante el siglo XX, media docena de presidentes intentaron reformar a fondo este modelo, pero uno tras otro acabaron tirando la toalla. Han comprobado cómo la cultura predominante de individualismo y la desconfianza hacia los poderes públicos de muchos ciudadanos hacen imposible importar modelos más sociales de Europa. Esta diferencia cultural es, por supuesto, fomentada por los poderosos grupos de presión que conforman las aseguradoras privadas y sus aliados en el negocio de la salud.

Si medimos el tiempo en clave política, Barack Obama se encuentra ya a mitad de legislatura. Todo nuevo presidente de EE UU (y todo aficionado a la serie ‘El ala Oeste’) sabe que una vez empieza un mandato dispone de una ventana de 18 meses para poner en marcha su programa, antes de que lleguen las elecciones legislativas y de que todos sus esfuerzos se centren en la reelección. Pues bien, Obama, uno de los personajes más fascinantes y pragmáticos de la reciente historia de EE UU, ha decidido que además de afrontar la crisis financiera y económica y la guerra de Afganistán, dos desafíos excepcionales e imponentes, está dispuesto a jugarse su presidencia a la carta de la reforma sanitaria.

Por lo que hemos visto estas semanas en las negociaciones en el Congreso, la discusión se centra no tanto en la intervención del Estado como nuevo actor sino en la mejora de la regulación actual, con la creación de incentivos para que todos los ciudadanos accedan a un seguro. Hoy en día, en EE UU los médicos generalistas cobran muy poco y los especialistas ganan por lo general muchísimo. No hay un buen sistema para medir la calidad de un médico o de un hospital ni de racionalizar el número de pruebas y de intervenciones, lo que impide que la competencia entre hospitales y médicos produzca resultados positivos. La atención a cualquiera en situación de emergencia, incluyendo a los inmigrantes ilegales, dispara los costes de los hospitales, lo cual encarece los seguros. La primera causa de quiebra individual en EE UU es la incapacidad para pagar facturas médicas. Un tercio de los empleados de las aseguradoras privadas tienen como misión rechazar a pacientes con muchas necesidades de atención médica y no pagar las reclamaciones o pagar el número más bajo de ellas.

Es necesario que la nueva regulación elimine estos incentivos perversos y permita la entrada de nuevos prestadores de servicios tipo cooperativas, con una finalidad de servicio público marcada (dar cobertura a los que ahora no la tienen y sí quieren tenerla) en un régimen de competencia. En este debate, se diría que el Partido Republicano parece poco interesado en recuperar un día la Casa Blanca. Las acusaciones tan exageradas de la derecha republicana al presidente, de hecho, le han ayudado a centrarse y eludir su compromiso inicial de sacar adelante la reforma con el consenso de las dos grandes formaciones políticas. Mi impresión es que al final se quedará a medio camino. Conseguirá que su transacción sea percibida por el ala izquierda de su partido como el mejor resultado posible de un idealista que tiene que coexistir con las realidades de la política. Además, el voto centrista respirará con alivio, al comprobar cómo se han efectuado algunas mejoras, pero no se ha nacionalizado la medicina. Con todo, la reforma Obama puede empezar a cambiar un sistema sanitario poco eficiente e injusto.

Publicado en “Las Provincias” 1 de octubre, 2009

Comments (1) 6:43 pm |

1 Comment »

  1. Las dificultades de los diferentes presidentes que lo han intentado responden especialmente al caracter agresivo de los lobbies estadounidenses. En Europa, los lobbies, inclusive los farmaceuticos y las aseguradoras, son a pesar de lo que podamos pensar, mucho mas dialogantes.

    Comment by eurodatum.com — October 3, 2009 @ 9:06 am

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