El Nobel de Obama, una invitación a hacer
José M. de Areilza
10 de octubre, 2009
L a concesión del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama ha llegado demasiado pronto, cuando todavía no se puede hacer un balance claro de su mandato. Es más bien una invitación a hacer: ojalá un día el actual ocupante de la Casa Blanca ofrezca una trayectoria de muchos años sirviendo al ideal de la paz y de modo más objetivo merezca este galardón. Hasta ahora, Obama ha realizado una labor fantástica de relaciones públicas para su país y ha tenido el acierto de señalar algunos de los problemas principales que amenazan a la Humanidad, desde la proliferación nuclear al cambio climático. Pero no puede mostrar muchos resultados, más allá de haber contribuido a mejorar el clima de cooperación internacional y dejar atrás las brusquedades, torpezas y excesos de la Administración Bush.
Por otro lado, el Nobel de la Paz le llega a Obama cuando la guerra en Afganistán se está convirtiendo en su principal desafío internacional y la situación allí es cada vez más complicada. Los norteamericanos se están empezando a dar cuenta de que Afganistán no es un verdadero país, sino un antiquísimo cruce de caminos en un lugar estratégico de Asia Central, habitado por una amalgama de tribus que no se sienten vinculadas al Gobierno de Kabul y que están acostumbradas desde hace siglos a luchar contra distintos invasores. La guerra contra Al-Qaida es muy difícil de ganar sin entrar a fondo también en Pakistán y el riesgo de desestabilizar aún más la región es creciente. La opinión pública norteamericana cada vez percibe más este conflicto como un potencial segundo Vietnam y el clima de crisis económica no ayuda al optimismo colectivo, necesario para mantener el esfuerzo de incrementar las tropas, aceptar nuevas bajas y gastar más dinero en la contienda. De hecho, parece que el vicepresidente Biden, un veterano en política internacional, ya se ha distanciado de la postura oficial de hace pocos meses favorable a reforzar el contingente militar.
El hecho de que la Academia sueca haya querido reconocer ahora, sin esperar más, a Obama es una muestra más de la devoción que muchos europeos sienten por el nuevo presidente. También ilustra la importancia que en nuestro continente se le da al ‘soft power’ o poder de atracción en las relaciones internacionales. Por utilizar la terminología acuñada por Javier Gomá en su ultimo libro, Barack Obama sería un ejemplo pero le faltaría experiencia de la vida para alcanzar la ejemplaridad. El premio no es tanto un reconocimiento como una profecía.
(publicado en El Correo, 10 de Octubre, 2009)
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