La querella del euro
Fidel Sendagorta
25 de marzo, 2010
Estamos en deuda con Grecia: gracias a su desgraciado endeudamiento tenemos por fin en Europa un debate sabroso y sustancial sobre el euro y su sostenibilidad. La experiencia agotadora y depresiva de haber dedicado nuestras mejores energías de los últimos diez años a una causa –la de las reformas institucionales- que seguramente no lo merecía, nos había dejado un regusto amargo. Pero ahora podemos quitarnos el mal sabor de boca con un plato de gusto. Porque se trata sin duda de un debate que toca a uno de los aspectos más visibles y evidentes de la integración europea en la existencia cotidiana de millones de ciudadanos, como es la moneda. Y al mismo tiempo, que afecta a una de las facetas más experimentales de esa misma integración, ya que no hay muchos precedentes presentes o pasados de una moneda que no esté respaldada por un estado.
De golpe, el experimento (que dábamos ya por consolidado después de acostumbrarnos por fin a calcular en euros sin necesidad de hacer la engorrosa conversión a las viejas monedas) resulta que podría no ser irreversible. Unos hablan, con muy malos modos, de enseñarle a Grecia -¿y después a otros?- el camino de la puerta. Algunos más complacientes proponen que se permita a un país salir de la unión monetaria por un cierto tiempo, para volver una vez haya puesto sus cuentas en orden, con la ayuda de una devaluación de hecho. Un banquero más imaginativo y malicioso propone que la diferencia norte/sur en Europa entre países fiscalmente rigurosos y relajados se refleje en una división del euro en dos monedas: el “neuro” y el “sudo” (pronúnciese “pseudo” en inglés). Una guasa que tiene el mérito de desvelar un relato bien vigente de los dilemas del euro solidamente construido sobre la fábula intemporal de la cigarra y la hormiga.
Más allá de la exuberancia especulativa de los economistas, las visiones políticas sobre la viabilidad futura del euro se podrían clasificar en las siguientes categorías:
En primer lugar, los apocalípticos puritanos como Krugman que consideran inevitable que los europeos paguemos ahora muy caro por el pecado original de exceso de ambición y de arrogancia de los líderes que alumbraron el euro.
En segundo lugar, los voluntaristas quiméricos como Attali que creen que la unión monetaria debe completarse necesariamente con un presupuesto común gestionado por un gobierno único.
En tercer lugar, los escépticos escarmentados como Münchau, que no acaban de ver que haya voluntad política en la UE para poner en marcha los mecanismos necesarios
(un procedimiento de resolución de crisis, otro para lidiar con los desequilibrios internos y un supervisor bancario común) para evitar una deriva autodestructiva del euro.
Sin embargo, se pueden compartir las dudas de estos últimos sin renunciar a buscar soluciones que respondan al espíritu original de los promotores del proyecto de integración europea. Para ello habría que cumplir dos condiciones: en primer lugar, que los avances sean pragmáticos, sin propuestas que requieran nuevas reformas de los tratados. En segundo lugar, que se busquen nuevos equilibrios entre los intereses nacionales y el interés comunitario.
A su vez, esto último requiere proceder en dos tiempos. En un primer momento del debate no es perjudicial que aparezcan en toda su crudeza los intereses nacionales. Este proceso nos parece inquietante cuando se trata de Alemania, pero como recuerda José Ignacio Torreblanca en un artículo reciente, la suspensión del interés nacional alemán en favor de la construcción europea fue la vía elegida por la generación de postguerra para la rehabilitación del país, pero cincuenta años después aparece como una anomalía que ha perdido ya su razón de ser. Quizá no sería malo que hicieran su propia reflexión interna otros países que identifican automáticamente -con alguna pereza mental- los intereses nacionales con los europeos, al menos por lo que se refiere al euro.
En un momento posterior y una vez cumplida esta catarsis, las instituciones europeas deben ejercer plenamente su función de arbitraje y depuración de los intereses nacionales para buscar su encaje con el interés común. Esta va a ser sin duda una prueba de fuego del funcionamiento actual de estas instituciones y también, ¿por qué no decirlo?, de la capacidad de una nueva generación de líderes europeos para estar a la altura de las circunstancias. No se trata, en esta ocasión, de dar un gran salto hacia delante en la integración sino de encontrar soluciones realistas para que el euro siga siendo ese gran experimento que nos une, capaz de salir renovado de su primera crisis.
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