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Soluciones Europeas

Jose M. de Areilza

6 de abril, 2010

La crisis griega ha tenido al menos un efecto positivo claro, poner encima de la mesa las carencias de gobierno económico europeo. Hasta ahora, el euro había resistido bastante bien su primera gran prueba. Es cierto que la recesión más larga que hemos conocido no ha conducido a profundizar en la integración económica. Durante estos dos últimos años, Bruselas ha servido, sobre todo, como foro de consultas y para la gestión a posteriori de los efectos no deseados de las decisiones de emergencia tomadas por los gobiernos nacionales. El BCE, por su parte, ha evitado que la crisis financiera fuera a peor. Tal vez no se podía pedir más, dado el contexto de desconfianza hacia las grandes construcciones políticas una vez fracasada la Constitución europea. A ello hay que sumar la falta de liderazgo y de capacidad de propuesta de visiones atractivas a escala europea de nuestros políticos, cada vez menos cosmopolitas.

Pero el riesgo cierto de colapso de las finanzas públicas griegas y de contagio a toda la zona euro obliga a plantearse cómo fortalecer el sistema de gobierno económico de la UE. No basta con que los principales líderes europeos salgan del paso cada cinco semanas con declaraciones enfáticas que calmen los mercados. Está claro que la unión económica y monetaria lanzada en 1992 y que dio un paso fundamental en 1999 con la creación del euro sigue incompleta. Al fin y al cabo, la unificación de la política monetaria era un punto de partida y no de llegada. El caso griego está impulsando este debate. La situación del país heleno ha elevado a un primer plano una contradicción que pocos pensaron que llegase a tener efectos prácticos. Por un lado, los tratados prohíben que la Unión se responsabilice de la deuda pública de un Estado. Pero al mismo tiempo, en circunstancias excepcionales, permiten a los Estados miembros, no a la Unión, ayudar voluntariamente a un miembro del club de la moneda única. Este ejemplo es sólo uno de los distintos agujeros del modelo, que en situaciones de crisis no sirve para disciplinar a los miembros de la moneda única, con su gran diversidad de culturas políticas y de actitudes hacia la gestión pública.

El fortalecimiento del modelo económico pasa por lo que muchos analistas llaman «el salto político», es decir, la centralización de nuevos poderes sobre el sistema financiero y la política fiscal en las instituciones de Bruselas. En este punto, aparte del agotamiento del debate sobre reformas europeas una vez se ha conseguido que entre en vigor el Tratado de Lisboa, existe una divergencia fundamental entre los gobiernos de Alemania y Francia. A diferencia de sus predecesores, Ángela Merkel y Nicolas Sarkozy han dejado de entenderse en cuestiones fundamentales europeas. Además ninguno de ellos tiene un discurso europeo relevante.
Alemania, la gran ganadora de la ampliación y de la redistribución de poder del pacto de Lisboa, ha decidido convertirse en un país normal, algo euro-escéptico y nada dispuesto a hacer de locomotora y banquero de la Unión. No quiere aumentar los poderes de Bruselas, desea resolver los retos de la salida de la crisis a escala nacional y para evitar el contagio griego confía más en el Fondo Monetario Internacional que en unas instituciones europeas reforzadas. Francia siente que ha dejado de ser central en el proyecto europeo por la ampliación y con demasiada frecuencia busca refugio en un nacionalismo hiperactivo. Está dispuesta a apoyar nuevas decisiones europeas que consagren estrictamente su visión intervencionista y casi siempre favorable a elevar el gasto público. En el contexto de la crisis griega, cuestiona el modelo de banco central independiente y la ortodoxia del modelo de unión económica y monetaria. El resto de los actores europeos tienen todavía menos capital político que los desencantados gobiernos de París y Berlín. La Comisión sigue sin liderar con fuerza el debate económico y tanto Italia como el Reino Unido están volcados en resolver sus problemas internos. La presidencia española de la UE, después de una absurda sobreventa y de notables errores políticos, se ha vuelto invisible. Mientras tanto, la crisis griega sigue ahí y ya nadie niega que afecta profundamente al futuro del euro. La duda es si los actores europeos estarán a la altura para emprender las reformas necesarias. El primer paso es convencerse de que sólo hay soluciones europeas.

Publicado en “Las Provincias” 6-04-2010

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