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Ideas, debates, analysis et al.

Una política exterior raquítica

Jose M. de Areilza

20 de octubre, 2010

Uno de los efectos de la crisis económica ha sido el repliegue hacia la toma de decisiones nacional, con daños no menores para la política europea. En especial ha sufrido la proyección exterior de la Unión Europea, fortalecida en instrumentos y dotada de nuevos medios por el Tratado de Lisboa, pero sin líderes que transformen la cacofonía de voces nacionales en la voz única de un actor global. El futuro de los europeos se decidirá fuera de sus fronteras pero sus dirigentes no parecen dispuestos a participar con el peso que podría tener la Unión Europea en el diseño de las reglas del juego de un nuevo mundo, en el que un grupo de países emergentes pisa fuerte y la Administración Obama presta atención preferente a los asuntos de Asia, con una mezcla de realismo y pragmatismo que recuerda mucho a Bush padre.
Al contrario, cada país de la Unión, y sobre todo los que fueron un día potencia internacional, está en vías de reformular su política exterior nacional, a pesar de que lo más inteligente sería volcarse en la activación de la europea (dicha proyección, por cierto, debería incluir una mínima defensa europea hoy todavía inexistente y sin la cual no somos creíbles). Pero para empezar ninguno de los tres países más poblados está por la labor. Con el Gobierno de coalición presidido por David Cameron, los británicos han vuelto a la ensoñación imperial, como siempre con un fuerte componente económico y no les importa mucho que su compatriotra Cathy Ashton sea la nueva responsable de la diplomacia europea. Nicolas Sarkozy practica una política de grandes gestos zigzagueantes, con frecuencia sin nada detrás. La canciller Angela Merkel busca tener estatura internacional propia, ha liderado en los debates del G-20 el grupo de países que apuestan por la austeridad y los recortes del gasto público y acaba de conseguir que Alemania esté los dos próximos años en el Consejo de Seguridad. (more…)

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Regeneracionismo europeo

Jose M. de Areilza

15 de octubre, 2010

Durante los primeros treinta años de reinado de Juan Carlos I los españoles unimos la democratización, la modernización económica y la europeización en un único empeño colectivo. Europa era buena parte de la solución. La participación a fondo en el proceso de integración nos ayudaba a mirar hacia afuera y desarrollar el lado cosmopolita que también forma parte del ADN español. Ahora, en medio de nuestra doble crisis económica y política, la Unión Europea nos sigue señalando el camino, pero no tanto en forma de solución sino de desafío. La integración ya no tiene el dinamismo y la normatividad de hace unos años. Se ha extendido la práctica de culpar a Bruselas de lo que va mal y no se reconoce la aportación de sus instituciones y normas al bienestar de quinientos millones de personas. Es preciso renovar el actual débil liderazgo europeo con aportaciones españolas sobre asuntos urgentes como la arquitectura del euro, la proyección exterior de la Unión o la profundización en el estatus de ciudadano europeo (una invención española al fin y al cabo), en conexión con el fenómeno de la inmigración.

Con honrosas excepciones, nuestros políticos tienden a relegar a un segundo plano su participación en la política europea, como si no nos gobernásemos en buena medida desde Bruselas o, peor aún, como si sus decisiones emanasen de un despotismo ilustrado del cual fuéramos sólo afortunados receptores. Esta actitud de «que gobiernen ellos» es un síntoma preocupante de miedo a la libertad. Al contribuir al proceso de integración europea los españoles hemos fortalecido nuestra integración nacional y la hemos hecho más abierta y plural. Nos corresponde volver a hacer más español el proyecto de integración y regenerar así la mejor parte de nuestro ser colectivo. (more…)

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Back to the blackboard

José M. de Areilza

October 2nd, 2010

Not long ago the consensus in the EU was that Economic and Monetary Union rules did not need reform, with the only exception of the Stability and Growth pact, which was made more flexible in 2005 to please the bigger Member States who were in violation of it. The European Convention of 2002-03 was asked not to debate the economic constitution of the EU and the ensuing diplomatic conference concentrated on the institutional packaged, following a long trend started in Maastricht in 1990 that ended in the Lisbon treaty in 2007. In a Union that was growing fast in number of powers and Member States it seemed logic to negotiate above all redistribution of power and efficiency and democracy issues.

Today we are back to the blackboard and need to rethink fast the basics of Economic and Monetary Union. It is a pity that the most important recent achievement of the EU has to be rescued in such a low moment of European integration. We have to do it with urgency and without European leaders and attractive visions that can mobilize States and citizens. Moreover, institutional reform has not prepared the Union to face this existential challenge, even though so much political energy has been invested there. Nobody dares propose the negotiation on institutional rules or the express attribution of new economic powers to the EU for fear of Treaty reform.

Policy improvisation is the name of the game. This is not necessarily a wrong turn. The decision of last May 9 to create an emergency fund and the facto do away with the no bail out clause was of huge importance in this redesign of euro rules. The financial supervisory authorities and the systemic risk board agreed under the leadership of the European Parliament last September 22 is another step forward. Last but not least, the European Commission has made a bold proposal last Wednesday to co-manage with States their national budgetary processes. But the legitimacy question that demands the EU not just to deliver but to do it in a convincing democratic way is still there and will not go away.

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