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Una Unión Europea de iguales

José M. de Areilza

21 de julio, 2011

El año 2036 pasará a la historia de la integración europea sobre todo por haberse producido la esperada solicitud de ingreso de Alemania. Después de veinte años de vivir a espaldas de Europa, el nuevo gobierno de Berlín, formado por la coalición cristiana-turca, ha decidido poner fin a esta anómala situación tras ganar las elecciones del mes de junio. Tres semanas después, la nueva canciller, Havva Fischer, pidió la entrada en el club del que su país fue fundador hace más de ocho décadas, en un solemne acto celebrado en la gran sala del Museo del Capitolio de Roma, donde se firmó el venerable Tratado de 1957.
Es cierto que la salida de Alemania en 2016 se produjo por mutuo acuerdo, en términos amistosos, y permitió relanzar la integración económica alrededor de una moneda única con participantes más homogéneos entre sí y más dispuestos a centralizar poderes en un gobierno económico reforzado. Se evitó así el desmadejamiento del euro por la asimetría económica entre países periféricos y los del núcleo central y los desequilibrios de déficit y deuda. La marcha de los alemanes, no hay que olvidarlo, también facilitó la reforma institucional, que desde 2028 se hace obligatoriamente cada dos años por los comités parlamentarios especializados y bajo los dos principios básicos de la nueva Unión política, la igualdad entre Estados (a pesar de que todo el mundo reconoce que la centralidad política del eje París-Londres) y la limitación de poderes de la Unión. Esta idea de poderes limitados se pone en práctica con dosis de flexibilidad, tanto para experimentar nuevas políticas europeas como para renacionalizar las que se quedan obsoletas.

El regreso de Alemania se produce tras su fallido acercamiento a Rusia con quien llegó a formar una unión aduanera y energética. La malhadada asociación había llevado a Alemania a una intensa rivalidad con China por controlar los yacimientos rusos de petróleo y gas. Rusia está cada vez más de capa caída por el descenso de natalidad y el gobierno central es incapaz de controlar sus provincias más remotas y despobladas. Alemania al final no ha podido competir con el expansionismo de China y este fracaso, unido al europeísmo del pujante partido turco-alemán explican la decisión histórica de pedir la adhesión. Una noticia que fue calificada por el presidente del Gabinete Europeo, el hispano-ecuatoriano Nelson Sucre, como “el más emocionante regreso al hogar de la historia de la integración”.
La solicitud de Alemania, que será el tercer Estado más poblado después del Reino Unido y Francia, llega en buen momento. Tras muchos años de esfuerzo y muchas dudas la Unión Europea actual de 35 socios es capaz de competir en investigación, innovación tecnológica y universidades, además de destacar en sus sectores tradicionales de medicina para mayores y de turismo y ocio. La exitosa “Unión de la energía” propuesta hace más de dos décadas por Francia y el Reino Unido, sigue estando en la base de la actual capacidad europea de competir frente a los gigantes asiáticos, latinos y africanos. La renovada alianza militar con Estados Unidos funciona bien, aunque esta por ver el impacto futuro del acendrado pacifismo alemán sobre la Unión para la Defensa Atlántica. En cualquier caso, gracias al liderazgo de Paris y Londres la Unión ha añadido a su soft power capacidades militares propias sin las cuales no hay política exterior que valga. Por otra parte, la decisión de convertir en una competencia exclusiva europea la educación superior y la investigación y de desregular desde Bruselas estos sectores ha fomentado el desarrollo de muchas iniciativas punteras de educación global. Este año, en el ranking más prestigioso de universidades del mundo, publicado por Sao Paulo Education Review, figuran veinte centros europeos entre los cien primeros del mundo.

La Unión ha culminado en 2036 todas las ampliaciones que estaban pendientes. Todos los Estados de los Balcanes ya forman parte del club y Valonia y Flandes acaban de completar sus complejos procesos de adhesión, después de más de veinte años de angustiosa espera y empobrecimiento tras lograr la independencia. La reforma constitucional española de 2021, que corrigió la inestabilidad y la complejidad de su Estado autonómico, ha llevado a que España se convierta en un motor de la integración europea. Su experiencia exitosa de integración de inmigrantes, en su mayoría iberoamericanos, es vista con admiración por el resto de los europeos. Por otro lado, el proyecto de una Unión Ibérica con Portugal avanza y entre los españoles hay consenso para mudar el gobierno federal a Lisboa.

Las capitales como lugares en el mapa, no obstante, son especies en extinción. La decisión de prescindir de una capital física de la Unión Europea, siguiendo el precedente de Estados Unidos, que se ha desecho de Washington, ha mejorado la percepción ciudadana de la integración, al no estar ya basada en transferir poderes a la remota y lluviosa Bruselas. También ha hecho más fácil el reparto de la antigua capital belga calle por calle entre los dos nuevos Estados, gracias al buen hacer que todavía existe entre los cartógrafos de estos territorios, una tradición que se remonta a la delimitación de las fronteras del Congo belga por el barón Descamps. Además, el modelo de capital virtual de la Unión permite a políticos, funcionarios europeos y lobistas vivir en cualquier parte del mundo conectados a las plataformas europeas en las que se han convertido las instituciones de la Unión. Parece asimismo exitosa la fusión de la Comisión y del Consejo Europeo en un Gabinete Europeo, un poder ejecutivo con ciertos poderes regulatorios, responsable ante el Parlamento Europeo y los parlamentos nacionales. La decisión de convertir el euro-inglés en único idioma de trabajo ha sido bien recibida por todos los Estados, excepto por el Reino Unido, que se ha acogido a un opt-out que le permite poder seguir trabajando en inglés británico.

Las relaciones exteriores europeas seguirán marcadas en 2037 por el poderoso vecino del sur, la Unión Mediterránea, que desde su creación por Turquía y Egipto en 2017, para dar respuesta a las transformaciones políticas de la región y aprovechar su potencial de crecimiento económico. Este club ha crecido hasta agrupar a veintinueve países de Oriente Medio, y del Norte de Africa. A pesar de los numerosos tratados de cooperación firmados entre la Unión Europea y el régimen supranacional con sede en Estambul no es fácil tratar con esta potencia regional con resabios imperiales. En 2036, el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, el órgano colectivo que dirige la política exterior y de defensa, ha tenido que dedicar la mayor parte de su tiempo a gestionar a este pujante vecino. El Consejo simboliza bien el ideal de una Unión entre iguales: al decidir siguiendo la regla de “unanimidad menos uno”, ha conseguido fortalecer la proyección exterior de los europeos. Poco a poco, está convirtiendo en polifonía las distintas visiones del mundo que a estas alturas del siglo XXI aún permanecen en los Estados miembros.

(publicado en Expansión, 21 de julio, 2011)

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