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Ideas, debates, analysis et al.

David contra Goliath

José M. de Areilza

16 de diciembre, 2011

Lo más inesperado de la metedura de pata de David Cameron en el Consejo Europeo de la ruptura británica es la falta de un discurso atractivo sobre su país con el que lucir los vetos de madrugada y el alejamiento del continente. Es comprensible que su país se quede fuera de las medidas de emergencia anunciadas para reanimar al euro, de inciertos resultados por la tramitación elegida y por el fondo de lo acordado: más austeridad e intervencionismo. El primer ministro no tenía muchas alternativas, por la no pertenencia de su país a la moneda única. Por supuesto, la desaparición del euro acarrearía consecuencias nefastas para la economía británica. Desde luego que la centralización poderes en torno a Bruselas para afianzar el gobierno económico, sitúa en la periferia política de la Unión a este grande, eslabón fundamental del mercado interior europeo y su política comercial. Asimismo, el hecho de que el premier británico haya tratado de proteger su sector financiero era algo anunciado como también el aprovechamiento populista por Nicolás Sarkozy, a pocos meses de sus elecciones. El hecho es que la nueva regulación europea puede dañar seriamente a la City, por no pertenecer a territorio de la eurozona y cuando la reclamación de independencia financiera de los isleños no va acompañada del tamaño suficiente ni de una buena salud económica. Pero, sobre todo, lo que faltó en el discurso de David Cameron en los Comunes, demasiado influido por el espíritu más nostálgico y menos viajado de su partido, fue una retórica de futuro. (more…)

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Canutos

Richard Jubilee

15 de diciembre, 2011

¿El método comunitario? Ha mutado. Hemos pasado (por voluntad de nuestros líderes) de una comunidad de derecho a una comunidad de liderazgo. En la lógica anterior la Comisión, guardiana de los Tratados, y el Tribunal de Justicia, mediante una interpretación teleológica de los mismos, hacían avanzar lenta pero inexorablemente el proyecto común de integración. Con el Tratado de Lisboa se formaliza jurídicamente una lógica diferente, que en lo político ya estaba presente: el centro de gravedad de la construcción europea pasa de la Comisión al Consejo Europeo, con una consecuencia directa: más visibilidad y menos resultados. A nadie puede sorprender ese desenlace. El público del Consejo Europeo es diferente al de la Comisión, son ya directamente las opiniones públicas de cada uno de los Jefes de Estado y de Gobierno, que deben aprovechar el escenario que les es ofrecido para mostrar que han defendido eficazmente el interés nacional.

Durante estos últimos años el tinglado ha funcionado bastante bien porque era hasta cierto punto irrelevante. En la Unión Europea nos hemos acostumbrado a encontrar entre nosotros fórmulas para que cada cual pueda llevarse a casa lo que necesita. Nos hemos acostumbrado a que las soluciones de compromiso sean soluciones suficientes porque el parámetro de la “suficiencia” era también definido internamente. Lo que era posible consensuar era aceptable.

La actual inadecuación entre el método europeo y sus resultados en lo que se refiere a la reacción a la crisis económica internacional trae por causa que la Unión sigue aplicando ese parámetro interno convencional sin haber interiorizado que la verificación de la suficiencia no es en este campo una cuestión que pueda decidirse por unanimidad, ni tan siquiera por mayoría cualificada, sino que es externa, que viene dada, con independencia de lo que digan las Conclusiones del Consejo Europeo.

Nuestros líderes no quieren, como el rey Canuto derrotar al mar, sino negociar entre sí su retirada, cada uno con la vista puesta en su respectiva opinión pública. Mientras, la tormenta marina sigue cogiendo empuje. Cada vez estamos más cerca de un desastre (también para la construcción europea) cada vez más difícil de evitar.

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¿Reforma de los Tratados? Dos por el precio de una

Diego Gardoqui

10 de diciembre, 2011

Al final no será dentro de los actuales Tratados, por las objeciones británicas, pero los Jefes de Estado y de Gobierno de la UE decidieron ir adelante con el proyecto de unión fiscal que complete la insuficiente unión monetaria. Pero por muy coherente que sea este enfoque, su recorrido puede ser muy corto si no cuenta con el apoyo de los ciudadanos, que en algunos países clave de la UE han mostrado un creciente desapego hacia la integración europea y un escaso apetito por nuevas transferencias de poder hacia Bruselas. El motivo es que estos ciudadanos, que saben que con su voto pueden cambiar a sus gobiernos si están descontentos con ellos, se sienten impotentes para influir políticamente en Bruselas, donde ese embrión de gobierno europeo que es la Comisión no tiene un mandato popular.

Para remediar este persistente déficit democrático se decidió en su día elegir un Parlamento Europeo por sufragio universal. Como tantas cosas en el proyecto europeo se trataba de un experimento y, por lo tanto, si aplicamos el método del ensayo y error, concluiremos que ha llegado la hora de reconocer que ha sido una prueba fallida. Se ha constatado en efecto que es una institución sin arraigo popular cuyas elecciones tienen unos índices de abstención que habrían encendido todas las alarmas si se produjeran a nivel nacional. Los ciudadanos no miran hacia el Parlamento Europeo porque no esperan nada de él, por muy meritoria que sea la labor que allí realizan los eurodiputados. Y en toda esta crisis del euro, el drama está en el Parlamento italiano o en el griego: el Parlamento itinerante de Bruselas a Estrasburgo ha sido perfectamente invisible.

Si el intento federalista de crear una democracia a escala europea no ha funcionado y corre además el peligro de arrastrar en su descrédito a las instituciones europeas en su conjunto, la solución solo podrá encontrarse en un fortalecimiento de las democracias nacionales en el marco de la Unión Europea. En este sentido, ahora se presenta una oportunidad de oro: mientras se formula el nuevo Tratado que consagra la unión fiscal, ¿por qué no aprovechar para negociar una reforma de los Tratados que inyecte una dosis de legitimidad democrática en el proceso de integración? Para ello existe una fórmula que no es la panacea pero tiene la ventaja de ser relativamente sencilla de aplicar: regresar a un Parlamento Europeo compuesto por miembros de los Parlamentos nacionales, reconociendo así que es en estos últimos donde se dice la última palabra en nuestra permanente conversación europea. De un golpe acercaríamos los Parlamentos nacionales a los centros de decisión en Bruselas, lograríamos contar con un buen número de diputados especializados en asuntos europeos y nos libraríamos del fastidio de las actuales campañas electorales para el Parlamento Europeo, cuya única función estriba en repetir los debates nacionales para un electorado con déficit de atención.

Joseph Weiler ha criticado con dureza ese mensaje de los mandarines europeos de “Es la hora de más Europa, no queda otra opción”, que tanto irrita a los ciudadanos. Esta reforma del Parlamento Europeo que aquí se propone podría servir para que los líderes demuestren a sus votantes que están a la escucha de sus legítimas preocupaciones y que estos nuevos avances en la integración no se harán a costa del necesario control democrático.

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Un americano en París

José M. de Areilza

9 de diciembre, 2011

Si analizamos en estas horas críticas la gestión del poder alrededor del euro además de la centralidad de Alemania, queda también claro que Estados Unidos sigue siendo una gran potencia europea. Giscard D’Estaing así lo ha reconocido, muy molesto por las continuas visitas del secretario del Tesoro Timothy Geithner al viejo continente, nada menos que cuatro desde septiembre. El antiguo presidente francés ha calificado la frenética actividad en estos días del enviado del presidente Obama para apuntalar el euro como “inoportuna” e “insoportable”. El exabrupto revela ingratitud –nada peor que salvar a alguien para merecer su reproche permanente. Pero también trata de esconder que los europeos somos los responsables de haber hecho un diseño incompleto y frágil de la moneda única y de no haber mejorado luego esta arquitectura postmoderna y efímera con reformas europeas y nacionales. La Convención Europea, presidida por el mismo Valery Giscard D’Estaing, no tuvo a bien hacer propuestas significativas en este sentido. Una de las claves para solucionar la crisis es la profunda implicación de la Casa Blanca, movida en primer lugar por el interés de evitar un nuevo shock económico global. La interdependencia económica entre ambas orillas del Atlántico es mucho mayor que la de EEUU con cualquier otra región del mundo. Sin embargo, al dar prioridad a la crisis europea, nuestro principal aliado y garante de la seguridad europea asimismo reconoce que existe una comunidad política atlántica, cuyo refuerzo es fundamental para que la globalización sea un éxito. Sería mejor, por supuesto, que los europeos fuéramos capaces de solucionar nuestros problemas y que contribuyéramos a resolver los retos del mundo multipolar hacia el que nos encaminamos. (more…)

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Cumbres de alto riesgo

José M. de Areilza

2 de diciembre, 2011

Angela Merkel pilota prepara una operación de salvamento de la eurozona que aleje a la moneda común del huracán financiero. Si llega a tiempo, el 9 de diciembre ofertará la supervisión reforzada europea de las cuentas nacionales, hasta bordear una unión fiscal integral, que incluye la exigencia de armonizaciones de estándares y de tributos. A cambio abriría las puertas del BCE a la solidaridad con cuentagotas, para refinanciar las montañas de deuda pública y devolver liquidez a los bancos.

España tiene mucho que perder si pierde las palancas para competir y atajar el endeudamiento público y privado con la necesaria rapidez. En un inoportuno interregno de gobierno y todavía sin capital político para negociar con la firmeza de la etapa de Aznar, nuestro país corre el riesgo de encallar en una posición subalterna. En el fondo, los pactos entre caballeros como el que propone Merkel son parches de urgencia, irremediables después de negar los problemas estructurales de la moneda única y de repartir culpas para aplazar una solución de conjunto.

Lo más apropiado sería fortalecer las reglas del nuevo poder de la UE vía reforma de los tratados, y definir bien los equilibrios de legitimidad europea y de democracia nacional. No hay tiempo, así que al menos es el momento de pedir que las nuevas obligaciones europeas permitan a los gobiernos nacionales sanear sus economías con estrategias propias y convencimiento real. También, que no sean tan solo los ciudadanos que pagan impuestos y pierden sus empleos los que paguen una crisis desencadenada en el sector financiero y el vacio de regulación inteligente. No hay que echar en saco roto que el discurso churchilliano de sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas se debe pronunciar en nombre de cada pueblo. (more…)

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